SOBRE LA ESCUELITA

"... dibujos de niños de temprana edad, que son realmente notables. Lo que revela, a mi juicio, que la profesora Marta Calvo actúa con verdadera habilidad pedagógica frente a ellos, creándoles el necesario clima de comprensión y cariño, dejándolos después en libertad. El método no falla y los    niños responden siempre creando con legitimidad."

 

Jorge Romero Brest. 1962

 

"En 1988, La Escuelita fue distinguida por la Sección Argentina de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, con el Premio a la Acción Docente correspondiente al año 1987.
Es un premio que se otorga a la institución o persona cuya acción docente en el campo de las artes, implique la difusión y/o perfeccionamiento de las metodologías de enseñanza artística.

En esta acción se considera su capacidad para generar interés sistemático por las técnicas de la producción o teoría del arte, individual o grupal. Significa un reconocimiento por la preservación y el desarrollo de las potencialidades creativas de la sociedad.

Es uno de los mayores premios a las Artes Visuales que la Asociación Argentina de Críticos de Arte, a la cual pertenezco, otorgó con mayor satisfacción, porque en los años transcurridos La Escuelita más que un proyecto educativo, se ha constituido en un proyecto de vida, en el cual el arte, esa gema resultante de la libertad, la indagación y el vinculo con lo trascendente, es un instrumento burilador de valores, ideales y utopías que, pese a lo que se diga, permanecen como esperanza de un mundo mejor.

Es cierto, en la globalización actual, si bien por un lado las fronteras se diluyen en la trama fantástica de las tecnologías de punta, por otro, paradójicamente, se erigen muros sangrientos en nombre de fanatismos ideológicos, raciales o religiosos. Fanatismos en los que medran los dueños del poder, los ambiciosos y los mercaderes del sufrimiento humano. Uno se pregunta ¿en que lugar se encuentra el antídoto para la incomprensión y la intolerancia? Sin duda, en la conciencia de cada ser formado en el amor a la vida y a su bendita variedad. En lugares como La Escuelita. Por eso es bueno estar con ella y festejar."

 

Horacio Safons

 

"La vida pasa, arrasa, borra, roe, modifica contornos, cambia geografías. Sin embargo hay pequeños territorios que, por alguna razón, uno preserva casi intactos en la memoria. La Escuelita es uno de esos paisitos en el interior de la mía. Por razones privadas, seguramente, porque fue la primera escuela de mis hijos y, entonces, esta asociada a otros recuerdos valiosos, pero también por razones públicas, porque estoy convencida de que fue un buen comienzo.

Hace unos cuantos años de eso. Mis hijos ya son hombres, Santiago acaba de cumplir veintiuno, Diego tiene dieciséis. En estos tiempos, en los tiempos de La Escuelita eran muchísimos mas jóvenes, por supuesto. También nosotros, mi marido y yo, éramos jóvenes como padres, y bastante inexpertos. Podría no habernos ido demasiado bien, pero tuvimos la suerte de llegar a un sitio como éste, donde la gente no daba las cosas por sentadas sino que parecía andar siempre con el oído atento y los ojos bien despejados.

Pienso en la ronda, por ejemplo (así empezaba el día en La Escuelita, con una ronda de amigos). Imaginen quince o veinte personas. Personas, digo que eso era lo importante pequeñas y una persona grande, sentadas en círculo, hablando de sus cosas, de la vida. Pero en serio. Un paseo, una pregunta, un rencor, algo que no se entiende, alguien al que se le murió el perrito, otro que se fue de viaje, una pelea, un malentendido, un descubrimiento.

En la ronda se reía, se hablaba y se aprendía a escuchar, y surgían temas importantes: el amor, el odio, el paso del tiempo, los cambios, las fantasías, los sueños. Puede parecer exagerado, pero así era: filosofía. Y eso debido a que todas esas personas sentadas en la ronda - la grande y las chiquitas - no daban las cosas por hechas sino que estaban dispuestas a mirar el mundo cada vez como si fuese nuevo.

O, si no, otro ejemplo: la hoja en blanco. Muchísimas hojas en blanco, en realidad, porque La Escuelita era un jardín de educación por el arte y los chicos, pintando, parecían insaciables. Cada vez, en esa hoja, en cada una de esas hojas de cada uno de esos exploradores del mundo, todo se veía nuevo. Grandes cabezas de violenta tinta china con ojos como estrellas, o vastos campos violeta en los que flotaban pequeños fantasmas de lavandina; ojos desorbitados, ojos peludos como orugas, ojos enroscados como caracoles, a veces simples puntos que taladran la hoja, bocas lisas, fruncidas, redondeadas, preocupadas, risueñas, burlonas, parecidas a pianos, a rastrillos, a peces, brazos que nacían como pelos, como ramas, como flecos, como muñecos, piernas sólidas, bailoteantes sutiles, larguísimas, aguerridas. Todos los mundos. Nadie esperaba ahí que el cielo fuera azul, podía ser muy bien marrón claro, verde, a pintitas. Un sol podía ser fucsia, o feroz y negro. Daba la sensación de que ahí los adultos no se escandalizaban, sino que, más bien, asistían con interés y respeto al nacimiento de los mundos nuevos.

Y sin embargo, aunque la libertad fuese extraordinaria, nadie había podido decir que eso paisajes exóticos y esos retratos personalísimos fueran veleidosos, simples caprichos, hechos sin rigor, cualquier cosa para salir del paso. De ningún modo: en La Escuelita se trabajaba mucho. Cada uno podía explorar a su manera, pero exploraba. Si se pintaba se pintaba de verdad, no se simulaba pintar. Si se moldeaba había que meter de verdad las manos en la masa. Nunca vi que se alentara la casualidad, lo fácil. La gran lección era justamente ésa: andar por el mundo con los ojos bien abiertos. De eso se trataba." 

 

Graciela Montes